El surco y la pizarra: el empeño de una maestra por sembrar futuro

El surco y la pizarra: el empeño de una maestra por sembrar futuro

El camino hacia la Escuela Primaria en la comunidad rural de Ramírez, municipio de Jobabo, es un polvoriento sendero que se abre paso entre esperanzas e ideas claras de cambios. Allí, donde el paisaje parece detenido en el tiempo, la maestra Yaima Agüero Avilés inicia cada jornada con el corazón acelerado y la mente puesta en sus 20 alumnos. Esta joven de 34 años, licenciada en Educación y con una década de experiencia en las aulas de quinto y sexto grado, no solo enseña materias básicas; ha convertido su vocación en un proyecto de vida que trasciende los muros de la escuela para echar raíces en la tierra misma de la comunidad.

El día de Yaima comienza mucho antes de que el sol ilumine los campos de Jobabo. Con un niño pequeño de apenas un año en su hogar, las mañanas se han vuelto una carrera contrarreloj, especialmente en los tiempos actuales de apagones que desajustan cualquier rutina. “Imagínese”, dice mientras su mirada se pierde un instante en el recuerdo de esa lucha diaria, “es haciendo el desayuno rápido, apurado, porque a las 7.50 hay que estar aquí en la escuela”. La puntualidad no es un simple requisito burocrático para esta maestra; es una promesa que se hace a sí misma y a sus alumnos, un compromiso que la mantiene en pie incluso en los días más agotadores.

Y es que su jornada laboral se extiende más allá del horario matutino. Desde las primeras horas de la mañana hasta las 12.30 del mediodía, Yaima entrega su alma al aula, pero esa no es la única parada en su itinerario. “Para entonces retornar para mi casa y entonces a las 2.30 volver con las actividades complementarias aquí en la escuela”, relata con la naturalidad de quien ha hecho de la entrega total un estilo de vida. Ese segundo viaje, cuando el calor arrecia y las piernas ya pesan, es quizás el momento más significativo de su día, porque es cuando el proyecto de agronomía cobra vida.

El proyecto de agronomía de Yaima no nació de la casualidad, sino de una necesidad profunda de conectar a sus niños con su entorno y su futuro. “Bueno, aquí la vivencia que tenemos es que yo soy maestra de un multígrado, quinto y sexto”, explica con la modestia de quien sabe que enseñar a dos niveles simultáneamente es un arte que pocos dominan. Fue precisamente esa condición de multígrado lo que la llevó a buscar estrategias que involucraran a todos sus alumnos, independientemente de sus habilidades académicas. La agronomía apareció entonces como un puente entre el conocimiento abstracto y la vida concreta que estos niños respiran a diario.

Pero el camino no fue sencillo. Las limitaciones físicas de la escuela, especialmente el estado del perímetro que impide tener un huerto dentro del plantel, obligaron a la maestra a buscar alternativas creativas. “Por situaciones de la cerca del perímetro de la escuela, tenemos el huerto allá en casa de un padre”, cuenta con la serenidad de quien ha aprendido a convertir los obstáculos en oportunidades. Ese espacio, prestado por la generosidad de un padre de familia, se ha convertido en el laboratorio vivo donde sus alumnos aprenden no solo de siembras, sino de solidaridad y trabajo comunitario.

En ese huerto improvisado pero fértil, Yaima ha visto florecer algo más que plantas. “Allí desarrollamos las actividades complementarias aprovechando que vivimos en una comunidad rural”, señala, destacando la importancia de adaptar los programas educativos a las realidades del entorno. Y allí, entre surcos y regaderas, ha descubierto talentos que en el aula pasaban desapercibidos. “Tengo un niño muy bueno en el trabajo, muy bueno, muy laborioso”, dice con orgullo, refiriéndose a ese pequeño que se ha convertido en el alma del proyecto, el primero en llegar y el último en irse, el que con sus manos expertas guía a sus compañeros en las tareas de deshierbe y cuidado de los cultivos.

Las experiencias compartidas en ese pequeño terreno han dejado huellas imborrables en la memoria de la maestra y sus alumnos. “Allí sembramos y se ve la producción, se ha ido viendo la producción”, relata, y en su voz se adivina la emoción de cada descubrimiento. Son esos momentos de asombro infantil los que dan sentido a su empeño: “Maestra, mire, ya la mata que sembramos tiene marteño, está pariendo”, repite las palabras de sus niños, como si las hubiera grabado en el corazón para siempre. Esa capacidad de asombro, ese vínculo directo con el ciclo de la vida, es para Yaima la lección más valiosa que puede ofrecer.

Pero su proyecto no se queda en la experiencia práctica. Yaima ha sido cuidadosa en dotar a sus alumnos de conocimientos técnicos que trasciendan el simple trabajo manual. Para ello, ha involucrado a un agrónomo de la localidad, quien periódicamente visita el huerto y ofrece charlas sobre tipos de fertilizantes, técnicas de rotación de cultivos y métodos de siembra. “Le damos charla, buscamos una persona que tenga un agrónomo que hay aquí, y entonces él le va enseñando a los niños cómo sembrar, los tipos de fertilizantes, cómo utilizamos la rotación de los cultivos”, detalla con entusiasmo, consciente de que está formando pequeños expertos en una materia que algún día podría ser su sustento.

La idea de este proyecto, según confiesa Yaima, surgió de una reflexión profunda sobre las necesidades reales de sus estudiantes. “Bueno, nos dio la idea de hacer ese proyecto enmarcado en la agronomía, porque bueno, a veces todos los niños no tienen la misma facilidad que tienen los demás, unos más aventajados que otros, unos menos aventajados”, argumenta con honestidad. Su sensibilidad como educadora le ha permitido ver que el éxito académico no es el único camino, y que ofrecer alternativas prácticas es una forma de inclusión y de justicia social. “Hay niños que van cogiendo mucho amor hacia el trabajo”, dice, y ese amor se convierte en su mejor herramienta pedagógica.

El horizonte de Yaima no se limita al presente inmediato; su mirada alcanza el futuro de cada uno de sus alumnos. “Y un día de mañana el que no llegue a coger una carrera universitaria, bueno, ya tiene una base de cómo sembrar”, reflexiona, y en esa frase se condensa toda una filosofía de vida. No se trata de resignación, sino de preparación, de brindar herramientas para la vida en todas sus dimensiones. Su proyecto es, en esencia, una apuesta por la soberanía alimentaria y por la dignidad del trabajo rural, valores que considera fundamentales en una comunidad donde la mayoría de las familias viven del campo.

“Y además nuestro presidente nos llamó, nos hizo un llamado que hay que sembrar porque de qué vamos a vivir entonces”, recuerda Yaima, conectando su iniciativa con las directrices del país. Pero más allá de la consigna oficial, ella ha internalizado un principio que guía su quehacer diario: “Uno tiene el concepto aquel de que si la tierra sirve, los hombres también sirven, imagínese usted”. Con esa convicción, no solo enseña a sus alumnos a sembrar, sino a valorarse a sí mismos, a reconocer que su origen campesino no es una desventaja sino una fortaleza, una identidad que merece ser celebrada y cultivada.

El trabajo de Yaima no ha pasado desapercibido. Su proyecto de agronomía ha sido reconocido en el municipio, y en varias ocasiones ha tenido la oportunidad de presentarlo en eventos pedagógicos. “Ha sido reconocido también en el municipio, que los hemos expuesto allí. A ver, por videos que hemos llevado”, cuenta, aunque no sin un dejo de nostalgia por no haber podido llevar a sus niños físicamente a esos escenarios. “Por circunstancias del camino no hemos podido llevar los niños hacia allá cuando se han hecho esos eventos”, lamenta, pero su tono se eleva de nuevo al recordar los reconocimientos obtenidos. “Pero bueno, hemos tenido varios reconocimientos muy buenos porque los niños tienen que conocer de todas esas cosas”, afirma, reafirmando su convicción de que el conocimiento agrario es tan valioso como cualquier otra disciplina.

Cuando se le pregunta sobre la importancia de estos programas en las comunidades rurales, Yaima no duda en responder con la pasión que la caracteriza. Su proyecto es mucho más que una actividad extracurricular; es un modelo de integración entre la escuela y el entorno, una demostración de que la educación rural puede y debe tener sus propias estrategias, adaptadas a las condiciones y potencialidades del territorio. “Ellos bien son hijos de padres campesinos, porque todos son hijos de padres campesinos”, subraya, estableciendo un vínculo directo entre el proyecto escolar y la vida cotidiana de las familias. “Si acaso uno que tiene la madre que es maestra también, pero el padre es campesino”, añade, demostrando que conoce a cada uno de sus alumnos y sus historias personales.

Yaima no se limita a enseñar desde el escritorio; ella misma se involucra en las tareas del campo y comprende el esfuerzo que implica cada cosecha. “Maestra yo voy al carbón con mi papá y le ayudo y esto”, confiesa, y esa experiencia personal le da autoridad y credibilidad ante sus alumnos, que ven en ella no solo a una maestra, sino a alguien que comparte su mundo. “Y además ellos deben de tener cultura de eso, del trabajo, porque es del trabajo que vive el hombre”, sentencia, con una frase que resume su filosofía educativa. Para ella, la escuela rural no puede estar desconectada de su contexto; debe ser un espacio donde se valore el trabajo, la tierra y la comunidad.

Las actividades complementarias, ese tiempo después del mediodía que Yaima dedica al huerto, son para ella un respiro, pero también una extensión natural de su labor docente. “Bueno, hay que llevarlos, porque esas son actividades complementarias, que es para complementar el horario docente”, explica, dejando claro que no se trata de un pasatiempo, sino de una parte integral del currículo. “Y a ellos les gusta, porque allí ellos se distraen y están sembrando”, dice, y en sus ojos se dibuja la satisfacción de ver a sus niños felices mientras aprenden. “Y más atrás, yo quiero hacer esto y yo quiero hacer lo otro”, imita las voces entusiastas de sus pequeños, que siempre quieren más, que siempre proponen nuevos cultivos, nuevas ideas.

El impacto de este proyecto se extiende más allá de la escuela. Las familias de los niños se han involucrado, los padres colaboran, y la comunidad entera ha empezado a mirar con otros ojos esa pequeña parcela donde crecen no solo plantas, sino esperanzas. Yaima ha logrado tejer una red de colaboración que fortalece el tejido social de Ramírez, demostrando que la educación, cuando es pertinente y comprometida, puede ser el motor del desarrollo local. Su empeño es incansable, su sonrisa no se apaga, y su fe en el poder transformador de la educación parece no tener límites.

Al finalizar la jornada, cuando el sol comienza a declinar sobre los campos de Jobabo, Yaima regresa a su hogar con la certeza de haber cumplido una misión. No lleva en las manos un salario millonario ni reconocimientos ostentosos, pero lleva en el alma la satisfacción de saber que sus niños, esos pequeños campesinos que aprenden a leer entre surcos, están construyendo un futuro posible. “El trabajo dignifica”, parece decir su andar cansado pero firme, y en esa convicción se sostiene su proyecto, ese empeño que la ha llevado a convertir una cerca en mal estado y un patio prestado en el aula más hermosa de la Escuela Primaria Calixto Sarduy.

Porque Yaima Agüero Avilés no es solo una maestra de quinto y sexto; es una sembradora de conciencias, una agricultora de sueños, una mujer que entendió que la verdadera enseñanza no está en los libros, sino en la capacidad de ver crecer la vida en todas sus formas. Y mientras sus niños deshierban, riegan y cosechan, ella cosecha también lo más valioso: la certeza de que en esa tierra fértil, regada con sudor y esperanza, está germinando una generación que sabrá valorar el trabajo, la tierra y la vida misma.

Yaidel M. Rodríguez Castro
Yaidel M. Rodríguez Castro
Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.

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Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.
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