Manuel Santos camina por las calles de Jobabo con la misma naturalidad con la que hace décadas recorría los mismos caminos cargando leche, sin saber que entre sus manos transportaba algo mucho más valioso que ese líquido blanco. Hoy, su historia permanece guardada como aquella leche que nunca se derramó, a pesar del riesgo. No presume, no alardea, apenas susurra cuando alguien indaga en su pasado. Fue un adolescente cuando decidió jugarse la vida.
“Yo era el lechero desde que tenía 12 años de Marcelo Cuervo, Marcelo Cuervo Fernández de la viuda mejor dicho”. Esta frase, dicha con la voz cascada por el tiempo, encierra el principio de una historia que merece ser contada. Marcelo Cuervo Fernández fue aquí el jefe de la lucha clandestina, y todas las mañanas el joven Manuel iba con él, en aquel ir y venir que parecía tan cotidiano como inocente. Pero la inocencia era solo la fachada perfecta para la rebelión.
Desde los años 55 y hasta el 59, Manuel fue el enlace, el hilo invisible que conectaba a los combatientes. “Ñaño Bande, Fonguele, Luis Aguilar, un grupo de ellos trabajaban en la lucha clandestina aquí”. Nombres que para cualquier oído suenan a apodos de barrio, pero que para la historia sonaron a fusiles y consignas. Y en medio de ellos, un muchacho que aún no había perdido el tono infantil en la voz, pero que ya había ganado en coraje lo que le faltaba en años.
“Yo era quien les traía a ellos, los carteles aquellos que ellos pintaban en lecheritas”. La estrategia era tan sencilla como efectiva: usar los envases de leche para camuflar la propaganda subversiva. “Para confundir que era leche lo que yo traía, en lecheritas decían: abajo Batista, Batista asesino, Batista te queda poco, bueno lo que ellos quisieran pintar”. Un niño con leche no despierta sospechas, pensaron los rebeldes, y no se equivocaron.
Sin embargo, el peligro era real y latente. “Yo y los cuidábamos allá, y en esa leche cuando en lecheritas ellos me echaban los carteles aquellos”. Manuel recuerda que Marcelo le advertía con severidad: “Como tú eres un chamaco, no van a oírte, pero si te cogen te la van a arrancar, y esto no lo puedes comentar ni con tu abuelo ni con nadie”. El silencio era su mejor arma, y el miedo su compañero constante.
“Lo que yo hacía, me jugaba la vida”, confiesa con la modestia de quien no termina de valorar su propio riesgo. Pero la curiosidad, propia de la edad, lo llevaba a preguntar más de lo debido. “Yo le preguntaba a veces a Marcelo, Marcelo quién son la gente”. La respuesta siempre era la misma: “Oye, confórmate con que me conoces a mí, a mí y al Caique, que es el segundo, ya con esos dos tú tienes”. La célula era hermética, y el muchacho solo necesitaba saber lo estrictamente necesario.
“Si te cogen, nada más te tienen que pinchar un ojo, y tú vas a decir quién es todo el mundo”. La amenaza era clara, y la lealtad se ponía a prueba antes de que el muchacho entendiera realmente en qué se estaba metiendo. “Confórmate que me conoces a mí y al Caique, Ricardo Estévez”. Esa era la regla de oro: solo dos nombres, solo dos caras. El resto debía permanecer en las sombras.
Pero el destino quiso que Manuel viera más allá de lo permitido. “Todas las noches se me desaparece del cuarto, yo le dije: yo te voy a velar”. La curiosidad pudo más que el miedo, y una noche decidió seguir a Caique para descubrir qué ocurría en la oscuridad. “Lo velé y estaba Edencio Pérez, Lorenzo Peña, Panchito Medina y yo que llevo, se estaban poniendo un brazalete el 26 de Julio y un revolvito cada uno”.
Fue entonces cuando el joven lechero comprendió la magnitud del movimiento al que servía. “Yo le dije, cabrones son del 26 pues yo soy del 26”. La emoción del descubrimiento lo llevó a querer pertenecer de manera oficial, pero la realidad era más compleja. “Me dijeron, oye no, que tú tienes que inscribirte con Israel Castro y volver a Millán para que te lleven con Israel Castro, eso no es así como tú quieras”.
La estructura del movimiento era rigurosa, y nadie podía saltarse los protocolos. “Israel lo manda el negro Carmenate, nosotros lo que hacemos es recoger armas en todas las zonas, donde quiera, que nos manden”. Manuel entendió que su rol como mensajero era solo una pieza de un engranaje mucho mayor, y que para ser aceptado formalmente necesitaba la aprobación de los altos mandos.
“Yo le dije, pues yo soy del 26 ahora mismo”. Su determinación era firme, y esa misma noche se sumó a la misión de revisar a los choferes de los colonos en busca de armas. “Lo que se recogían era escopeta de perdigones, escopeta de revólver, pistola y eso se lo llevaban a Israel”. Cada arma era un tesoro, cada pieza un paso más hacia la libertad que anhelaban.
Israel Castro, encargado de recepcionar el armamento, lo pasaba a través de Ojo de Agua, donde ya había un grupito de 16 combatientes que no paraban en el mismo lugar. Manuel fue llevado allá, y su destino quedó sellado cuando presentó la carta que lo acreditaba: “Yo tengo una carta escrita por Israel Castro que yo estaba en la lucha clandestina con Marcelo y que él sí me aceptaba”.
La aceptación no fue fácil. Manuel recuerda el caso de otro muchacho, “tiki palmero”, que desarmó a un guardia con un revólver 45 y aun así no fue aceptado. “Dijo mira, yo cogí a Manolito, porque Manolito trabajaba con Marcelo y se la jugaba, bien jugada y por eso lo acepté en el 26”. La confianza era un bien escaso, y la trayectoria de Manuel con Marcelo Cuervo fue su aval definitivo.
“Ya no hace falta gente para más, porque no hay armas para, tú entiendes”. La escasez era la regla, y no todos los que querían luchar podían hacerlo. Muchos eran devueltos, otros se iban al monte, y la selección era rigurosa. Manuel había sido elegido, no por su fuerza o su destreza, sino por su silencio y su constancia, por esa capacidad de ser invisible entre los visible, de llevar la revolución en lecheritas sin que nadie lo notara.
Hoy, Manuel Santos guarda sus recuerdos de la clandestinidad como quien guarda un tesoro que no necesita exhibir. Fue mensajero de los activistas del Movimiento 26 de Julio cuando apenas era un adolescente, y su historia permanece viva en la memoria de Jobabo, aunque él nunca haya buscado el reconocimiento.



