Esa es la esencia que no voy a cambiar por nada

Esa es la esencia que no voy a cambiar por nada

La esencia de la radio enamoró a una realizadora que de escuchar, transformó su sueño en alguien con una voz reconocible por la mayor parte de la audiencia. Se trata de Yauqueline Fernández del Sol.

 

La esencia comunitaria de la radio viene con esa cercanía que se traslada con el sonido y con el carisma.

 

El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar el zinc de los bohíos cuando un bullicio inusual interrumpió la tranquilidad del círculo social. Un guateque. Era el nacimiento de una idea que, una década después, sigue definiendo el alma de esta emisora jobabense. Corría el año 2013 y la planta radial local celebraba su quinto aniversario. Teníamos que hacer algo novedoso. Y sin pensarlo dos veces, planeamos hacer un programa campesino con el protagonismo del barrio.

 

“Llevamos micrófono, consola, una lacto, y montamos el estudio bajo la sombra del círculo social”, recuerda con una sonrisa que ilumina su rostro mientras rememora aquel día. No había una mesa elegante, ni buena acústica, ni un estudio original. Pero sí, subraya con énfasis, “la voluntad de hacer radio en una comunidad”.

Esa voluntad se convirtió en un imán. Lo que empezó como una transmisión planeada se transformó en una fiesta espontánea. Vecinos armados con guitarras llegaron para poner música; un conjunto campesino se adueñó de una buena parte del espacio, y una señora mayor, llamada Petra, se convirtió en la estrella del momento.

 

“Recuerdo muy bien su nombre”, dice la directora, con la mirada perdida en aquella imagen. “Nos contó cómo hacía el dulce de coco en los tiempos de sus abuelos. Mientras grabábamos, los niños se sentaban alrededor, los ancianos, y hasta los perros y las gallinas se convirtieron en parte del paisaje sonoro. Todo un jolgorio, todo un guateque campesino”.

 

Pero la magia no se quedó en el folklore. Un joven campesino, con la firmeza de quien no tiene nada que perder, aprovechó el micrófono abierto para denunciar el mal estado de los caminos vecinales. La radio, en ese instante, dejó de ser un simple altavoz para convertirse en la conciencia de un territorio.

 

Cuando ese programa salió al aire, la comunidad entera se sintió retratada. “La gente decía: ‘Ese es mi barrio, esa es mi vida'”, narra nuestra entrevistada, aún con la emoción a flor de piel. Fue la prueba definitiva, sentencia, de que “cuando la radio baja a la comunidad, la comunidad sube a la radio y la hace eterna”. Esa experiencia, asegura, “fue la que me demostró que esa es la magia que no voy a cambiar por nada”.

 

Aquella transmisión en el círculo social no fue un hecho aislado. Fue la semilla de una filosofía de trabajo que hoy define la gestión de la emisora. “En Cabaniguán tenemos el mejor recinto de interacción”, afirma con orgullo. “No esperamos a que la comunidad venga a nosotros, vamos a buscarla”.

 

“No esperamos a que la comunidad venga a nosotros, vamos a buscarla”

 

Y en esa búsqueda, las redes sociales y el WhatsApp se han convertido en aliados indispensables. “Ha sido una experiencia maravillosa para la interacción, incluso cuando no estamos al aire”, explica. La gestión de la programación se ajusta sobre la marcha con base en las llamadas y los mensajes de voz que llegan, porque, insiste, “al pueblo le interesa”.

 

Este diálogo constante ha llevado a la emisora a abrazar la multimedia sin perder su esencia. “Hemos aprendido que el video y las fotos son el segundo aire de la radio. Lo que contamos al aire lo reforzamos con imágenes en nuestras plataformas”, señala. Sin embargo, advierte con la sabiduría de quien conoce el oficio: “Jamás perdemos la esencia, la inmediatez de la voz. La tecnología no sustituye al calor humano, solo amplifica”.

 

Para Yaqueline, el éxito de la conexión con la audiencia radica en la cercanía. “Para mí el estudio es la mitad del trabajo, la otra mitad se hace con los pies en la tierra”, confiesa. Como guionista, procura que el lenguaje no sea rebuscado. “Si un campesino dice ‘guateque’ o ‘compay’, entran en el libreto sin pena porque son nuestras, porque ese es el lenguaje”.

 

Y como locutora, aplica una regla de oro que aprendió en su infancia, en su natal Limón Dulce. “Cuando hablo, imagino que le estoy contando cosas a mi vecina, no a un auditorio frío”, dice. Y lo lleva a la práctica de manera meticulosa: “Salgo a la calle, converso con la gente, anoto los cumpleaños y las preocupaciones… Cuando vuelvo al micrófono, nombro a esas personas. Eso hace que el oyente sienta que el programa es suyo”.

 

La pasión de nuestra entrevistada tiene raíces profundas, forjadas en una infancia donde la radio no era un lujo, sino una tabla de salvación. “En Limondulce, la radio era la única ventana a la información y a la recreación”, rememora. Era la comunidad que no estaba electrificada, donde los caminos se volvían intransitables.

 

“La radio era la que nos traía el parte meteorológico, la que nos avisaba cuando llegaba un ciclón, o simplemente la que nos acompañaba en la soledad del campo”.

Esa experiencia vital le dio una claridad absoluta sobre el rol de la radio comunitaria.

 

“No puede ser una torre de marfil que hable desde arriba, tiene que ser un vecino más”, sentencia. La urgencia, explica, era visibilizar al campesino, que sus problemas (las cosechas, la entrega de leche, su cultura e idiosincrasia) “dejaran de ser un secreto a voces y se convirtieran en tema de interés. Había que romper ese silencio geográfico y darles herramientas a mi gente para que supieran que no estaban solos”.

 

Aquel recuerdo imborrable del programa en el círculo social se mantiene vivo en su memoria. No solo por lo vivido, sino porque simboliza el ADN de la emisora. “Recuerdo una mañana inolvidable en la zona de Facebook, exactamente en la CCS Osvaldo Figueredo”, dice.

 

Al concluir aquella primera transmisión campesina, los realizadores fueron invitados a una caldosa en el patio de un lugareño. “Oiga, qué caldosa y qué día, una experiencia inolvidable. Yo creo que eso nunca se me va a olvidar”, exclama, cerrando con un guiño cómplice. “Papá, yo no sé tú, yo me ericé haciéndote la historia”, confiesa, demostrando que, a pesar de los años, la emoción de aquel día sigue intacta. Y es que, como bien dice, esa es la verdadera fuerza de la radio: que la voz del pueblo se escuche en todo el municipio. “Esa es nuestra verdadera fortaleza”, concluye.

Yaidel M. Rodríguez Castro
Yaidel M. Rodríguez Castro
Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.

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Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.
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