El heroísmo silencioso de Conchita y Concha

El heroísmo silencioso de Conchita y Concha

En el entramado del Movimiento 26 de Julio, la épica no solo se escribió con fusiles en la Sierra Maestra, sino con hilo y aguja en los pueblos llanos. Mientras la prensa internacional enfocaba sus reflectores en los rostros barbudos de la comandancia, una red de hormigas silenciosas, compuesta por hombres y, sobre todo, mujeres, movía los engranajes logísticos que mantenían viva la llama rebelde. Eran la columna vertebral invisible, la clandestinidad que no pedía reconocimiento, solo la certeza del deber cumplido.

Entre esas figuras discretas, el nombre de Conchita Regueiro resplandece con un fulgor particular. Su caso fue excepcional, no por su audacia —que la tuvo—, sino por su aparente normalidad. “Dada mi posición social y mi aparente fragilidad”, relataba Conchita en una de sus últimas entrevistas concedidas a este cronista, “los esbirros de Batista pocas veces me dirigían una mirada de sospecha. Para ellos, era solo una señorita más, preocupada por sus labores domésticas y familiares. Pero esa misma invisibilidad era nuestra mejor trinchera”.

La voz de Conchita, aún firme a pesar de los años (unos años antes de faallecer), se quiebra al recordar la tensión constante. “No pocas veces, mis amigas y yo nos jugamos la vida entera en un solo viaje. Llevar ropas, medicinas y avituallamiento a los grupos alzados en los alrededores del pueblo no era un paseo campestre. Cada bulto de comida podía ser nuestra sentencia de muerte si nos descubrían. Pero el miedo, aunque presente, nunca fue más fuerte que la necesidad de hacer justicia”.

Precisamente, una de las anécdotas más singulares de su periplo revolucionario la comparte con otra veterana jobabense también fallecida, Concha Pérez, cuyo testimonio ha sido rescatado de grabaciones archivadas. Ambas, unidas por el nombre y la causa, vivieron una odisea que bien podría ser una escena de cine. “Fue una ocasión que necesitábamos un vehículo con urgencia”, narraba Concha Pérez en una grabación familiar. “Y decidimos ‘tomar prestado’ un jeep de un familiar, sin su permiso, claro está”.

El plan, sin embargo, se torció en el camino. “El jeep quedó atascado y averiado en una zona sospechosa”, continúa el relato de Concha Pérez. “Y lo peor: era un área donde se sabía que se desarrollaban acciones del Movimiento 26 de Julio. Estábamos expuestas, a la vista de cualquiera que pasara, con un vehículo robado y carga sospechosa. Fue un momento de tensión absoluta, de esos en que el corazón late tan fuerte que crees que te va a delatar”.

Conchita Regueiro retoma el hilo de esa memoria compartida, riendo con un dejo de nerviosismo añejo. “Superamos aquello gracias a las ocurrencias. Concha asustada y yo con una sangre fría que yo no sabía que poseía, nos bajamos, e hicimos el trabajo. Yo, mientras tanto, aproveché para esconder los paquetes por si acaso. Cuando llegó la ayuda, éramos solo dos mujeres tontas con un problema mecánico. El susto nos duró días”.

Pero la cotidianidad del riesgo no daba tregua. Concha Pérez, en ese mismo relato, confesaba que su motivación no era la valentía, sino la lealtad. “Yo, a veces, estaba aterrada. Mis manos temblaban al doblar la ropa o al contar las ropas que lográbamos comprar de contrabando. Pero tenía que hacer las cosas. No había opción. Si ellas, las muchachas de la ciudad, se arriesgaban, ¿cómo no iba a hacerlo yo?”.

Esa necesidad llevó a Concha Pérez a una de las misiones más arriesgadas, narrada por ella misma con lujo de detalles. “Un día, Conchita Regueiro me dijo con esa calma que la caracterizaba: ‘Hacen falta decenas de pares de medias para los rebeldes. el problema no era el dinero, sino pasar desapercibida. Y yo tuve que ingeniármelas”.

Ambas mujeres, Conchita y Concha, representan la dualidad de una lucha que se libraba en dos frentes: el visible y el doméstico. Mientras los hombres empuñaban las armas, ellas empuñaban la astucia. Su aporte, anónimo para la historia oficial de los grandes partes de guerra, fue el combustible que permitió que los rebeldes no solo combatieran, sino que sobrevivieran al hostigamiento y al rigor del clima.

Con el tiempo, la Revolución triunfó y los reflectores se apagaron para estas mujeres. Conchita Regueiro y Concha Pérez volvieron a sus vidas, a sus casas y a formar parte de un duro engranajee constructivo que se ha relatado en otros espacios: la Federación de Mujeres Cubanas, sin pedir nunca un monumento. Pero en sus memorias, atesoradas como reliquias, quedó grabado el eco de esas campanas que, desde la clandestinidad, anunciaron la derrota de la tiranía. Ellas fueron, en esencia, las que hicieron posible que la épica no fuera solo un sueño, sino una realidad tejida con hilos de valor.

Hoy, al evocar sus voces entrelazadas en este testimonio, entendemos que la Revolución no fue solo un hecho de armas, sino un complejo mosaico de gestos cotidianos. La historia de Conchita y Concha es un recordatorio de que, a veces, las batallas más decisivas no se ganan con disparos, sino con la osadía de una mujer que esconde medias en un bolso, o con la sangre fría de otra que contó su historia muchos años después del triunfo. 

Yaidel M. Rodríguez Castro
Yaidel M. Rodríguez Castro
Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.

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Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.
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