En el ir y venir del día a día, entre el café que se enfría a medias y la lista interminable de tareas, siempre hay un hueco donde cabe la voz, el abrazo, a su manera de hacer logrando que lo urgente no ahogue lo importante. Madres que madrugan un poco más para que otros descansen, que estiran el tiempo como quien estira una masa tierna, que resuelven lo inesperado sin estrépito, casi en silencio. Entre el trabajo, la casa, la escuela y el cuidado, hay un hilo invisible que todo lo cose y que se traduce en paciencia, ternura, y esa forma de estar que convierte el caos cotidiano en rutina con propósito.
Ese invisible latido que mueve el mundo
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