En la zona de Ramírez al este de Jobabo, entre caminos intrincados y montes donde la primavera trae agua a la vereda, vive Alismara Mayo. Lleva alrededor de diez años haciendo carbón. No es un oficio común para una mujer, pero ella lo ha convertido en algo cotidiano. Sus brazos tienen las marcas del oficio, pero ella no se queja. Al contrario, cuando se le pregunta cómo es eso de ser carbonera, responde con una frase que sorprende: «Ser carbonera es una experiencia muy bonita». Y aclara de inmediato: «A ver, a mí me gusta». No necesita más presentación. Su tono es firme.
Ella misma explica por qué lo hace. No es solo necesidad, aunque también. «Aparte de que uno lo hace para ayudar a la economía de la casa y del país», dice. Pero luego agrega algo que muchos no esperarían de un trabajo tan riguroso: «Pero, eso te desestresa, te ayuda». Para Alismara, el carbón es una forma de llevar el día a día.
Sin embargo, no idealiza la vida en el campo. Sabe lo que cuesta el barrio donde vive, y por eso le habla claro a la juventud. «Y uno le pide a la juventud que estudie. Porque aparte que vivimos en un barrio intrincado, todo el mundo puede ver las situaciones que vivimos, que deben de estudiar». No lo dice con rabia, sino con la sabiduría de quien ha visto lo duro que es cuando no hay herramientas.
Pero Alismara también defiende su oficio. No quiere que nadie lo mire por encima del hombro. «Pero, aparte de estudiar, ser carbonero no es malo. Es una tarea más que se hace, un trabajo más, y nos ayudamos, nosotros mismos, y ayudamos a la comunidad». Para ella, el carbón es tan digno como cualquier otra labor.
El tiempo que lleva en esto lo mide con cuidado. «Yo llevo haciendo carbón alrededor de 10 años». Pero luego precisa porque no es lo mismo empezar que dedicarse de lleno. «Pero así, así, fuerte, fuerte, 5 años». Esa diferencia tiene una historia, y esa historia duele.
Todo empezó por un accidente. Su esposo se quemó haciendo carbón, relata: «Y fue a raíz de mi esposo, que se quemó una pierna haciendo carbón. Se le fue el pie para adentro y ellos tuvieron que injertarle la pierna». En ese momento, la vida de la familia cambió por completo.
Ella no trabajaba fuera. Pero tenía a los suyos. «Yo no trabajaba, pero tenía mi familia. Mi hija estudiaba. Mi niño más chiquito tenía 8 años». Y los gastos no esperaban. «Y yo tenía que estar pagando. Yo no podía dejar mi familia caer».
Así que Alismara tomó una decisión con necesidad honrada. «Entonces, honradamente, me puse a hacer carbón. ¿Ves? Para no coger otra vida, otro mundo». Y al hacerlo, descubrió algo que no esperaba: «Y ese es un mundo muy perfecto».
Ella no niega lo difícil. Al contrario, advierte. «Es verdad que es trabajoso, es forzoso». Pero luego expone algo que solo alguien con años en ese oficio puede decir: «Porque hacer carbón es fácil». No es una contradicción. Es la mirada de quien se ha adaptado y le ha tomado cariño al trabajo.
Las pruebas están en su propio cuerpo. «Usted se espina. Mira, yo tengo una experiencia. Ayer una espina me rasgó el brazo ahí casi». Enumera sin quejarse: «Te pincha los pies, te cae en la cabeza, te da golpes». Cualquiera pensaría que eso espanta. Pero para ella, no. «Es un buen trabajo. Te da lo mejor que es, que te da buena economía».
Por eso su mensaje con claridad. «Un consejo, que sigan luchando. Que sigan para adelante. Que tengamos fuerza. Seguir para adelante». No da largas explicaciones. Va al grano, como si estuviera con el hacha en medio del marabuzal.
Recuerda tiempos recientes, difíciles. La primavera pasada no fue fácil. «Estos tiempos de primavera, yo quisiera que ustedes pudieran ver cómo estábamos trabajando. Con el agua aquí, en la vereda. Con los carboneros y luchando. Y así mismo estábamos haciendo carbón». El agua no los paró. «No nos paramos. Es que no nos podemos parar. Porque la situación que estamos viviendo, tenemos que trabajar».
«Y yo exhorto a mis compañeras y a las compañeras de la comunidad. Muchas no lo hacen. Pero si pudieran hacerlo, que lo hagan». Las invita. Sabe que el oficio da miedo al principio, pero también sabe que después se vuelve cotidiano y tan sencilla como otra profesión.
Alismara Mayo sigue ahí, en Ramírez, haciendo carbón como hace diez años. Aprendió que un trabajo duro, cuando se le toma cariño, termina volviéndose parte de uno. Y que una madre que no quiso dejar caer a su familia puede encontrar hasta en el carbón una forma de seguir adelante.




