En el proceso de bancarización en Cuba, parece haberse impuesto una narrativa reduccionista que se enfoca, sobre todo, en digitalizar las transacciones con fin último. Tarjetas, Transfermóvil y Enzona se han convertido en los estandartes visibles de una estrategia que cojea en su esencia, y no va acompañada de transformar el resto de los procesos y políticas necesarias para apostar por una devolución de la necesidad del banco como garante de las finanzas personales, familiares, empresariales, etc.
Enfocar todos los cañones en los pagos y las transferencias virtuales, descuidando el resto de los procesos que vertebran unas finanzas modernas, es apostar por una modernización de fachada, no de fondo.
Porque bancarización no es solo que el ciudadano pueda pagar el pan con el móvil (algo que no se ha logrado en su totalidad ) o que una empresa estatal transfiera fondos a otra sin papel moneda. Eso es apenas el síntoma superficial de un ecosistema mucho más complejo que obvia como verdadera inclusión financiera el crédito accesible, el ahorro productivo, la inversión, los seguros y una relación de confianza entre la banca y sus clientes.
Y sí, hay que hablar de confianza. Porque una de las causas principales de que lo que “conocemos” por bancarización aquí no funcione como debería hacerlo, es que, en gran parte, la gente ha perdido la confianza en la gestión bancaria. Ejemplos sobran: desde quienes no ven como garantía guardar su dinero en cuentas de ahorro porque cuando lo necesitan hay que hacer 500 trámites, firmar actas y hasta decir para que quiere extraer su dinero… hasta la falta de incentivos y servicios que verdaderamente respondan al contexto en que se mueve la población y las entidades e instituciones.
Un primer problema de raíz es la lógica crediticia. Mientras se mantenga la percepción –realidad en demasiados casos– de que el mayor interesado en otorgar un crédito no es el cliente sino el propio banco, algo falla. El sistema debería competir por prestar, no poner obstáculos.
Pero hoy, el ciudadano común que busca financiamiento para un proyecto pequeño, familiar o de un negocio, una reparación de vivienda o una adquisición de cualquier índole se topa con un muro burocrático, y demasiados papeles que entorpecen el trámite.
Ese muro tiene nombres concretos que incluyen porcentajes de interés poco atractivos que disuaden antes de empezar, la exigencia de hasta dos o tres fiadores –figura anacrónica que desconfía del historial más lógico para un ciudadano común y que pudiera ser la clave de esos microcréditos: su historial laboral, la estabilidad del empleo- . Cuando el cliente siente que es peloteado entre ventanillas, la banca no está bancarizando, simplemente está expulsando.
Hay que acabar de reformular el sistema de garantías y la evaluación de riesgos. Los bancos trabajan con riesgos, eso hay que entenderlo y asimilarlo. ¿Por qué la estabilidad laboral en una empresa estatal, con años de servicio, no puede ser suficiente garantía para un crédito de pequeño monto? ¿Por qué no avanzar hacia un “expediente financiero digital único” que acredite comportamiento de pago en servicios básicos y permita confianza sin necesidad de fiadores?
La bancarización real pasa por acercar el banco a las necesidades reales de barrio, cooperativa o cuentapropista, no por imponer una app que el 30% de los adultos mayores no sabe usar o no tienen recursos para usarla. Hay que recordar que una parte importante de la población hoy carece de celulares y que más del 90% de los comercios no tienen TPV o POS para pasar una tarjeta, por lo que sigue la dependencia de que muchos vayan a las sucursales a extraer su dinero y seguir haciendo lo que saben: pagar en efectivo.
También está el fenómeno de que la mayoría de los comercios minoristas ponen límites o no aceptan el pago en línea, o las transferencias, que es lo más generalizado. Si bien se alega que se trata de un mecanismos para evadir el fisco, que en parte sucede, la realidad indica que se da más por la falta de exigencia a los mayoristas para que les acepten igual forma de pago, y por otro, la conocida adquisición de las divisas…
Hay demasiadas aristas en este tema. La solución no es abandonar lo digital –sería un retroceso– sino equilibrar el enfoque de políticas, procedimientos, entendimientos y oportunidades.
No se puede pretender que el problema de la bancarización lo va a resolver la denuncia de quien no le permiten el pago digital, esperando que con los mecanismos actuales institucionalmente se vaya a resolver algo a base de multas. Mucho menos viendo cómo esencia principal la complicada digitalización como el fenómeno central de una bancarización que se sacude a cañonazos pero que no ve giros claves en su entorno.
No abandonar el objetivo de pagos y transferencias digitales, pero sí dejar de apuntar solo ahí. Hay que apuntar hacia las causas y consecuencias de lo que ha provocado que esa digitalización no funcione.
Bancarización es que el cliente se sienta socio, no suplicante. Es que el banco salga a ofrecer créditos, no a poner trabas. Mientras eso no cambie, tendremos tarjetas en los bolsillos, pero el dinero real –el que mueve economía– seguirá escondido debajo del colchón.



