El 2026 se perfila como un año decisivo para la expansión de la agroecología en Jobabo, donde un proyecto que tiene más de una década impulsado por la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) ha demostrado resultados integrales alentadores.
La iniciativa, que ya involucra a las 20 cooperativas bajo el radio de acción de la organización en el territorio, busca sumar a un número mayor de fincas a sus prácticas sostenibles, consolidando un modelo productivo que combina eficiencia con protección ambiental.
Las prioridades para este impulso están bien definidas y se centran, en primer lugar, en la innovación aplicada para la sustitución de importaciones, además fomenta la creación y uso de insumos y medios de producción locales, como biofertilizantes y bioplaguicidas, reduciendo la dependencia de recursos externos y fortaleciendo la autonomía económica de las unidades productivas.
También el programa enfatiza aspectos clave para la sostenibilidad ambiental, como la conservación y enriquecimiento de los suelos, la optimización en el aprovechamiento del agua y la protección general del medio ambiente. Estas prácticas no solo mitigan el impacto ecológico, sino que están directamente vinculadas a la estabilidad y el incremento de los rendimientos agrícolas a mediano y largo plazo.
Un pilar adicional de la estrategia es el desarrollo de la silvicultura dentro del sector cooperativo y campesino. La integración de árboles en los sistemas productivos, ya sea en cortinas rompevientos, cercas vivas o sistemas agroforestales, contribuye a la biodiversidad, mejora los microclimas y ofrece nuevas fuentes de ingresos, complementando la producción de alimentos.
Con esta visión integral, el proyecto anapista enfocado en la agroecología en Jobabo aspira a combinar la soberanía alimentaria y tecnológica con la preservación de los recursos naturales, y se sientan las bases no solo para una agricultura más próspera, sino también para un desarrollo rural más armónico.
Cómo fue su transición desde los estudios generales hasta convertirse en un referente en su campo.
Máster Alexis Morel Acosta: Muchas gracias por la invitación. Mi motivación principal surgió durante mis años de licenciatura, cuando me di cuenta de que ciertos fenómenos en mi área —particularmente en la intersección de la biología molecular y la genética aplicada— no tenían explicaciones completamente satisfactorias con los modelos disponibles. Sentí una curiosidad profunda por entender no solo el “qué”, sino el “cómo” y el “porqué” de los procesos que observaba en el laboratorio. Esa inquietud me llevó a buscar una formación más rigurosa, primero con una especialización y luego con la maestría en Ciencias, donde pude desarrollar un pensamiento crítico y metodológico que no se logra solo con la práctica empírica.
La transición no fue lineal, debo admitirlo. Al principio, me enfrenté al choque entre la comodidad de los conocimientos adquiridos y la exigencia de desaprender ciertos enfoques reduccionistas. Recuerdo que durante los primeros semestres de la maestría tuve que dedicar horas extras a la estadística multivariante y al diseño experimental, áreas en las que no me sentía del todo fuerte. Sin embargo, esa incomodidad inicial se convirtió en la base de mi desarrollo profesional, porque entendí que la ciencia de calidad exige tanto creatividad como disciplina metodológica. Poco a poco, fui integrando equipos de investigación multidisciplinarios, donde aprendí a valorar la colaboración por encima del trabajo individualista.
Hoy considero que ese proceso fue fundamental para convertirme en el investigador que soy. No solo por los títulos obtenidos, sino por la red de contactos y las experiencias prácticas en proyectos reales, como el estudio de marcadores genéticos en poblaciones locales que desarrollé como tesis de maestría. Esa investigación, que parecía modesta en sus inicios, terminó siendo citada por otros colegas y me abrió las puertas para coordinar líneas de investigación más ambiciosas. Por eso siempre recomiendo a los jóvenes que no teman a la etapa de formación avanzada: es un puente incómodo pero necesario entre ser un estudiante que repite conocimientos y un científico que los genera.
Hablemos ahora de su investigación más reciente. ¿Cuál es el proyecto que actualmente demanda la mayor parte de su tiempo y por qué considera que es relevante para la sociedad o para la comunidad científica?
Máster Alexis Morel Acosta: Actualmente, mi equipo y yo estamos trabajando en un proyecto sobre la caracterización de compuestos bioactivos de plantas endémicas de nuestra región, con énfasis en su potencial para modular respuestas inflamatorias crónicas. La idea surgió de una necesidad concreta: en muchas comunidades rurales el acceso a medicamentos antiinflamatorios de síntesis es limitado, pero existe un conocimiento tradicional sobre hierbas que podría ser validado científicamente. Llevamos ya dos años de trabajo de campo y laboratorio, y los resultados preliminares muestran que al menos tres especies presentan flavonoides con actividad inhibitoria sobre citocinas proinflamatorias, sin los efectos secundarios gástricos de los fármacos convencionales.
La relevancia de este estudio es múltiple. Desde el punto de vista científico, estamos explorando mecanismos moleculares poco descritos en esas especies, lo que podría abrir líneas para el desarrollo de fitofármacos estandarizados. En lo social, el proyecto involucra a las comunidades locales en la recolección sustentable y en la validación del conocimiento ancestral, generando un diálogo respetuoso entre la ciencia académica y la sabiduría popular. Además, hemos capacitado a jóvenes de esas zonas en técnicas básicas de laboratorio, creando un efecto multiplicador que trasciende los resultados publicables. No se trata solo de generar papers, sino de devolver a la sociedad algo tangible.
Por supuesto, enfrentamos desafíos importantes. Los tiempos de la investigación básica son largos y los fondos son limitados, por lo que parte del equipo trabaja con becas o voluntariados. Sin embargo, la motivación se mantiene alta porque ya tenemos una colaboración con un centro de biotecnología que nos ayuda en los ensayos de toxicidad. Si todo sigue según lo planeado, en los próximos 18 meses esperamos tener una publicación en una revista de impacto y, más importante aún, un protocolo de uso seguro de estos extractos que pueda ser transferido a la atención primaria de salud. Ese sería el verdadero éxito: que nuestro conocimiento salga del laboratorio y llegue a quienes más lo necesitan.
En su trayectoria, seguramente ha enfrentado obstáculos típicos de la ciencia en contextos con recursos limitados. ¿Cómo ha logrado mantener la productividad y la motivación de su equipo a pesar de las carencias de infraestructura o financiamiento?
Máster Alexis Morel Acosta: Es una realidad que no podemos ignorar: hacer ciencia en países o regiones con presupuestos reducidos es como jugar ajedrez con menos piezas. En mi caso, el primer gran obstáculo fue la falta de equipos especializados. Por ejemplo, para los análisis de espectrometría de masas que necesitábamos en mi proyecto de maestría, no había un equipo disponible localmente. La solución no fue quejarnos, sino establecer alianzas estratégicas con universidades de otras provincias e incluso del extranjero. Aprendí que la creatividad científica también se manifiesta en la gestión: intercambiar muestras por datos, colaborar en publicaciones conjuntas a cambio del uso de equipos, y participar en redes de investigación que comparten recursos. Esa habilidad de “orquestar” colaboraciones se ha vuelto tan importante como la propia pericia técnica.
Para mantener la motivación del equipo, he adoptado dos principios. Primero, la transparencia radical: si no hay dinero para un reactivo, lo discutimos abiertamente y buscamos alternativas, como sintetizarlo internamente o modificar el protocolo experimental. Segundo, celebrar los pequeños logros. En un contexto ideal, uno esperaría resultados espectaculares cada semana; en la realidad, a veces el avance es simplemente lograr que una PCR funcione después de diez intentos. Pero ese pequeño éxito se festeja, porque es un paso real hacia adelante. También fomento que los miembros del equipo presenten sus avances en congresos locales, aunque sean modestos, porque el reconocimiento de pares —aunque sea a pequeña escala— renueva la energía colectiva.
Además, he tenido que aprender a ser resiliente y a transmitir esa resiliencia. Hubo un año completo en que no pudimos comprar un anticuerpo clave para nuestros ensayos de Western blot. La tentación de paralizar todo era grande, pero decidimos reorientar temporalmente el esfuerzo hacia la optimización de otros pasos del protocolo y hacia la revisión sistemática de la literatura. Cuando finalmente llegó el reactivo, estábamos tan preparados que generamos datos de alta calidad en tiempo récord. Esa experiencia me enseñó que los momentos de escasez pueden transformarse en etapas de planificación profunda y mejora metodológica. Al final, la ciencia no es solo lo que haces con recursos abundantes, sino lo que logras construir con lo que tienes a mano.
Para cerrar, me gustaría preguntarle por el futuro. ¿Qué consejo le daría a las nuevas generaciones de científicos que están iniciando sus carreras, especialmente a aquellos que dudan si invertir tiempo y esfuerzo en una maestría o un doctorado?
Máster Alexis Morel Acosta: Mi primer consejo es que no vean la maestría o el doctorado como un simple trámite para obtener un título, sino como una oportunidad de entrenar su mente para resolver problemas complejos de manera autónoma. Muchos jóvenes me escriben preguntando si el mercado laboral valora esos posgrados. Y mi respuesta es que sí, pero no de la forma que imaginan. No se trata de que el cartón mágicamente abra puertas; se trata de que las habilidades que desarrollas —pensamiento crítico, manejo de datos, redacción científica, capacidad de fracasar y volver a intentarlo con método— son valoradas en cualquier ámbito, desde la academia hasta la industria o el emprendimiento. Yo mismo he trabajado como consultor para empresas agrícolas gracias a la formación estadística que adquirí en la maestría.
Mi segundo consejo es que aprendan a elegir bien a su director o tutora de tesis. He visto talentos brillantes frustrarse por trabajar con personas que no tenían tiempo, interés o ética para guiarlos. Antes de comprometerse, hablen con exalumnos, pregunten sobre la tasa de graduación del grupo, y asegúrense de que el estilo de supervisión sea compatible con su personalidad. Un buen mentor no solo les enseñará técnicas, sino también a navegar por las aguas turbulentas de la publicación, los congresos y las revisiones de artículos. En mi caso, tuve la fortuna de encontrar a una investigadora que me exigía mucho, pero que también me defendía ante las dificultades administrativas. Ese apoyo humano es tan importante como la infraestructura.
Finalmente, les diría que no esperen a tener todas las certezas para comenzar. La ciencia es un camino de aprendizaje continuo, y el síndrome del impostor nunca desaparece del todo; uno aprende a convivir con él. Si sienten curiosidad genuina por un problema y están dispuestos a trabajar con disciplina y honestidad, den el paso. Los posgrados en ciencia son duros, a veces solitarios y mal pagados, pero también ofrecen momentos de una belleza intelectual incomparable: ese instante en que entiendes algo que nadie había entendido antes, o cuando tus resultados ayudan a mejorar una comunidad. Eso no tiene precio. Así que anímense, prepárense para trabajar duro, pero también para disfrutar del privilegio de dedicar la vida a entender un poquito más este fascinante mundo.




