Hay oficios que pesan en la espalda, que duelen en las manos y que queman los pulmones. Pero también hay oficios que se convierten en razón de vida. El de carbonero es uno de ellos. Y cuando lo ejerce una mujer de 46 años, en medio del marabú y las veredas pantanosas, la historia merece contarse con todas sus cenizas y sus llamas.
Carmen Rosa Saled Velázquez no recuerda la fecha exacta de su primer horno. Hace tanto que hace carbón que ha perdido la noción del tiempo. Y quizá ese olvido no sea un vacío, sino una medida distinta de los años, los que pasan cargando hacha, caminando seis kilómetros antes del alba y durmiendo con la certeza de que al día siguiente todo se repite.
—“Yo tengo 46 años y hace mucho tiempo que hago carbón —dice usando la palabra popular para el oficio—. He perdido la noción del tiempo”.
Levantarse cada día en la madrugada, recorrer unos seis kilómetros entre veredas pantanosas y pasarse casi todo el día en medio del marabú, calando, armando hornos, cuidándolos, no es labor sencilla. Sin embargo, Carmen Rosa ha convertido eso en su rutina diaria.
—“A pesar de muchas cosas que me pasan en la vida, que estuve un poquito, unos años enferma, pero siempre he hecho carbón. La rutina del carbón es algo cotidiano. Todos los días, usted se levanta a las cinco de la mañana, por lo menos yo, me gusta madrugar”.
¿Por qué madrugar tanto? La respuesta es más vieja que el oficio mismo, pero ella la actualiza cada amanecer.
—“Hay un dicho: el que madruga, Dios lo ayuda. Yo digo que es verdad. Yo me levanto todos los días a las cinco de la mañana y camino muy lejos, porque yo hago carbón a seis kilómetros”.
Un aprendizaje de pellejo y hacha
Carmen Rosa no llegó al carbón por casualidad, sino por amor. O mejor dicho, por compañía.
—“Yo empecé haciendo carbón con mi esposo. Él me enseñó cómo se hacía todo. Yo manejo mi hacha, yo armo, yo hago de todo”.
Aprender de él fue también aprender a valerse sola. Hoy maneja cada etapa del proceso: cala la madera, arma los hornos, los cuida. No hay tarea que delegue.
—“De todas las actividades que son varias las que tiene el carbón —que no es una sola—, yo las hago todas así”.
El carbón no es solo costumbre ni orgullo. Es, ante todo, el sostén de una casa.
—“Me gusta hacer el carbón, pero aparte es para mi economía, porque yo tengo un niño. Ella —señala a su hija— es quien hace también junto conmigo carbón”.
Madre e hija comparten hacha, humo y fatiga. Una herencia que ninguna beca ni título universitario podría otorgar.
Antes, Carmen Rosa entregaba su producción a Maquenaf, perteneciendo a otra brigada. Hoy es parte de una cooperativa, un cambio que agradece.
—“Y ahora, gracias, ya estamos afiliadas a la cooperativa. Es un trabajo forzoso para una mujer, pero sí lo hace”. Forzoso, admite ella misma. Pero lo dice sin lamentarse. Porque al lado de esa palabra aparece otra más fuerte: posible.
—“Porque nootras hacemos lo mismo que puede hacer un hombre. Mucha gente se equivoca. Dicen que las mujeres no, si las mujeres sí podemos”.
—“Y yo le aconsejo a cualquier mujer, donde esté, donde se encuentre, que se sienta igual que una mujer. Que puede hacer lo mismo que hacen otras mujeres. Si les gustaría un día que prueben a hacer carbón, es algo, es un bichito que no te deja tranquila”.
Ese “bichito” —como ella lo llama— es el mismo que la saca de la cama cuando nadie la mira. El que le impide descansar.
—“Y ya el día que yo no voy al monte, yo me siento mal. Y la gente me dice: ‘Mujer, para, deja de trabajar’. No puedo”. No puede. No porque no tenga fuerzas para parar, sino porque el oficio se ha vuelto parte de su ritmo cardíaco.
Quienes se dedican profesionalmente a hacer carbón saben que hay una frontera difusa entre la necesidad y el hábito. La necesidad económica inicial, con el tiempo, se convierte en costumbre. Y la costumbre, si hay carácter, se transforma en cariño. Carmen Rosa le ha tomado cariño a la labor. Tanto, que los años han pasado sin que ella los cuente. Hasta el punto de no recordar cuándo hizo su primer horno. Pero lo que sí recuerda —y lo dice con claridad— es para qué lo hace.
—“Es algo que me gusta hacer. Aparte, que mueve la economía en mi casa. Y muestro también al país, porque aún el carbón es entregado en el territorio para nuestro país”.
En tiempos donde tanto se habla de empoderamiento femenino, Carmen Rosa no necesita más que un hacha, un horno, una madrugada más. Y tal vez que alguien sepa que el carbón que quema en el monte también calienta algo más que una cocina, calienta la dignidad de una mujer que no sabe parar.




