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Sector Agropecuario jobabense se prepara para feria del 30 de diciembre

El sector agropecuario de Jobabo ultima los detalles para saludar el 67 aniversario de la liberación del territorio y el triunfo de la Revolución, cuya principal actividad será una feria agro comercial, programada para el próximo 30 de diciembre en la plaza que lleva el nombre de esta histórica fecha.

 

Este evento simboliza la unidad entre la efeméride local y el legado nacional, enmarcándose en las celebraciones por el nuevo aniversario del triunfo revolucionario.

 

La feria se desarrollará inmediatamente después del acto político y ceremonial tradicional por la liberación, que año tras año tiene lugar en ese mismo espacio cívico.

 

Se prevé la participación de la totalidad de las unidades productoras y comercializadoras del municipio, las cuales no solo expondrán sus mejores surtidos agropecuarios, sino que también ofrecerán otros productos necesarios para complementar las celebraciones familiares de fin de año, fusionando así el homenaje histórico con la preparación para las festividades de diciembre.

 

Paralelamente, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) en el territorio despliega un conjunto de acciones en sus 20 cooperativas de base, actividades que incluyen jornadas de fortalecimiento de la gestión organizacional de las juntas directivas y trabajos de dignificación de los locales socioculturales y de las bayas identificativas de cada entidad, buscando realzar el sentido de pertenencia y la imagen del movimiento cooperativo.

Como parte de este esfuerzo integral, la organización campesina también ha programado reconocimientos a productores destacados y a dirigentes de base, cuyo desempeño ha sido crucial para el avance del sector.

Este estímulo moral se complementa con un trabajo enfocado en el análisis y cumplimiento de los planes productivos, asegurando que la conmemoración también sirva como impulso para los compromisos económicos del próximo año.

La feria del 30 de diciembre será, por tanto, una demostración tangible de los frutos del trabajo de sus campesinos, un espacio de abastecimiento para la población y un digno homenaje desde la producción a la memoria de la liberación y a la Revolución Cubana.

Un día con dos heridas

El 7 de diciembre amanece en Cuba con una luz distinta, una claridad que parece filtrarse a través de un cristal empañado por dos siglos. No es un día cualquiera; es una fecha que lleva en su costado la dualidad de una herida antigua y otra más reciente, como dos ríos de sangre que, contra toda lógica geográfica, convergen en el mismo delta de la memoria nacional. El calendario, ese invento humano para domesticar el tiempo, se resquebraja aquí, permitiendo que 1896 y la década de 1980 dialoguen en un mismo suspiro.

 

Primero, se escucha el galope. Es el rumor sordo, traído por el viento del oeste, del caballo del Titán de Bronce en su carga final. Antonio Maceo cae en un pedazo de tierra habanera llamado Punta Brava, y su muerte, aquel diciembre colonial, no fue un punto final, sino una semilla de acero. El mito se alza en un hombre que llevaba en su cuerpo cicatrices de guerra. La noticia cruzó la isla como un lamento seco, un fogonazo de indignación que prometía no apagarse entre el mambisado.

 

Durante décadas, el 7 de diciembre fue sólo suyo, del General. Pero la historia, tejida en un telar caprichoso, decidió tejer otro hilo de color ocre, el color de la tierra africana. En el último tercio del siglo XX, miles de jóvenes cubanos cruzaron el océano, no como colonizadores, sino como soldados de una solidaridad férrea. Partían hacia la vastedad ardiente de Angola y Etiopía, a una guerra lejana cuyos ecos resonaban en las cartas que llegaban con olor a polvo y distancia.

 

El dolor, cuando llega, no es abstracto. Tiene dirección y nombre propio. En Jobabo, un pueblo donde el sol parece más lento y el verde de los campos es profundo, el mapa del mundo se redujo a diez ausencias. Diez rostros que se fueron un día con una estrella en la gorra y la convicción en el pecho, y que regresaron para siempre en una caja cubierta por una bandera. La tierra tunera, fértil para la caña, también lo fue para el heroísmo y la pérdida.

 

Hoy, en el cementerio del pueblo, frente al sencillo monumento que guarda sus nombres, se realiza el homenaje. Las ofrendas florales se acumulan. Los discursos evocan, en un mismo aliento, la entereza de Maceo y el valor de estos muchachos. Es un acto extraño y conmovedor, se habla del colonialismo español y del apartheid sudafricano como dos caras de un mismo monstruo al que Cuba, en distintos siglos, enfrentó. El tiempo se pliega. Los diez de Jobabo y el Titán parecen camaradas caídos en una misma lucha interminable por la soberanía.

 

Una mujer mayor, canosa, sujetada de sus familiares, se acerca, deposita sus lágrimas en el suelo pedregoso del camposanto. Habla de su hijo con orgullo y dolor, uno de los diez. “Se fue con la música de Sara González en la cabeza y volvió con el silencio de la gloria”. Su voz es un puente frágil entre el presente estático del recuerdo y aquel pasado vibrante de partidas. Mientras habla, una bandera ondea, y sus pliegues parecen acariciar tanto el mármol del monumento local como el retrato de su querido joven arrancado por la memoria de los ancestros.

 

¿Qué une a estos hombres separados por un océano de tiempo? Quizás la sombra alargada de un deber que trasciende la frontera propia. Para Maceo, era la isla completa por liberar. Para los internacionalistas, era la idea de que la Patria podía ser también donde un pueblo hermano luchaba por su dignidad. Dos conceptos de patria, uno geográfico y otro moral, encuentran en esta fecha su síntesis en el sacrificio supremo. La muerte, gran igualadora, los hermanó en el panteón cívico de la nación.

 

El aire lento de la mañana, cargado del aroma seco del sue tunero, lleva una respuesta flotante. Resuena en el orgullo de una familia, en el relato, en la mirada perdida de una madre. Para la historia, estos jóvenes son héroes de la “misión sagrada” en África. Para el corazón de Jobabo, son sus hijos, los que crecieron, los que se quedaron congelados en una sonrisa juvenil de fotografía en blanco y negro amparados en la historia y la recordación perenne.

 

En la quietud, solo quedará el susurro de la historia: el estertor de 1896 en un manglar habanero y el eco de una explosión en una sabana africana, fundidos en un único rumor. El 7 de diciembre, día de dos caídas, de dos geografías, de un solo luto, demuestra que la Patria no es solo el suelo que se pisa, sino también la idea por la que se es capaz de caer, y el recuerdo que se alza, tenaz, sobre el tiempo.

Jobabo rinde tributo a internacionalistas caídos en gestas africanas

En el marco del aniversario 129 de la caída en combate del Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales, el pueblo de Jobabo protagonizó este domingo una solemne jornada de homenaje a sus hijos caídos en misiones internacionalistas en África, conmemoración que unió el legado independentista de Maceo con el sacrificio de una generación que, un siglo después, llevó solidaridad a otros pueblos.

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Una emotiva peregrinación que partió desde la Casa de Cultura municipal hasta el cementerio local revivió simbólicamente el mismo trayecto que siguieron, décadas atrás, los restos mortales de los diez jóvenes jobabenses que ofrendaron sus vidas durante las gestas liberadoras en Angola y Etiopía. A la marcha se sumaron familiares, pueblo en general y las principales autoridades locales del Partido y el Gobierno.

Ante el panteón que guarda los restos de “los caídos en la defensa de la Patria”, se desarrolló la ceremonia principal, donde el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba en el municipio, destacó la valentía y la abnegación de estos jóvenes mártires, enfatizando cómo “contribuyeron con su sangre a abonar la libertad de los países africanos”, a la vez que subrayó la mezcla de honor, orgullo y profundo dolor que embarga en una fecha tan significativa.

El acto de recordación incluyó la colocación de ofrendas florales en cada nicho y el conmovedor “pase de lista”. Ante la mención del nombre de cada internacionalista, la multitud congregada respondió al unísono con un firme “¡Presente!”, un grito colectivo que reafirma la convicción de que su memoria permanece viva, una especie de ritual que reivindica que los héroes están presentes en la historia local y en el corazón de sus familiares.

En esta jornada Jobabo entrelazó el tributo al Héroe de las Guerras por Independencia de Cuba, Antonio Maceo, con el reconocimiento a sus propios héroes contemporáneos, los caídos en misiones internacionalistas, reafirmando el compromiso de mantener viva la memoria histórica y los principios de internacionalismo y solidaridad que han caracterizado a estas generaciones de cubanos.

Dolor, orgullo y un homenaje de pueblo

Los 7 de diciembre son dolorosos para el pueblo de Jobabo. Una jornada que resume valentía, sacrificio, deuda con la historia y un profundo homenaje a quienes con su sangre abonaron la libertad de Angola.

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Las décimas de Ávalo

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1764965426037Defensor de la cultura, las tradiciones y las buenas costumbres que caracterizan a los jobabenses, Alcibíades Avalo Villa camina las calles de Jobabo con paso lento, mirada aguda y una voz tenue al saludar a sus amigos e interactuar acerca del beisbol del que es apasionado.

Encuentra la inspiración por doquier, cual amante de la décima comenta Avalo Villa “las décimas son mi hobbie preferido, compongo una a diario”.

Y es que desde pequeño desarrolló el gusto por las rimas y el fluir de las palabras para revelar historias, disfrutó durante sus primeros doce años del aire limpio y el hábitat de Zabalo un manjar que brinda a las almas de artistas razones para convertir a la naturaleza en parte de su obra.

“Mi infancia transcurrió en Zabalo, soy el quinto de ocho hermanos, me dedico a la décima desde que tenía alrededor de nueve o diez años inspirado por un tío. A propósito, tengo una décima que le dediqué a mi infancia y mi nacimiento”.

Nací en un batey sombrío, encima de un taburete,

y no tuve otro juguete que caracoles de río.

Mi madre y el padre mío, que temprano comenzaban las labores,

me acunaban en un corral de bambú

y el sonido del sijú como música me daban.

¿Específicamente qué fue lo que estudió?

“Estudié teatro y después dirección artística, las distintas etapas de mi vida las he dedicado al mundo de la cultura, he preparado actos públicos, espectáculos y eventos como las Jornadas Cucalambeanas.

Me fascina escribir, tengo escrito alrededor de 100 cuentos, 40 crónicas sobre el pueblo de Jobabo, un libro de Versos Libres que lo llamo Más Allá del Otoño y un poco más de 400 décimas.

Voy a cumplir 60 años de edad y tengo casi 40 años de vida artística, hoy varias enfermedades me limitan a continuar desarrollándome como quisiera, pero sigo aportando desde mi organización la ACLIFIN y desde la Casa de la Cultura, mi segunda casa”.

Expresó que la Casa de la Cultura Perucho Figueredo Cisneros es su segunda casa ¿qué lo hace pensar de esa manera?

“En la Casa de la Cultura tengo mis mejores amistades, incluso mi hijo es músico en la banda de conciertos y trabaja en la Casa de la Cultura al frente de la cátedra de música.

Fue la institución que me acogió desde que regresé a Jobabo y aunque he salido esporádicamente a trabajar en otros lugares, como en el Plan Turquino, en La Habana, en la Casa de la Cultura de Puerto Padre, retorné a Jobabo y la Casa de la Cultura me acogió por eso es mi segunda casa”.

Al comentarle mi intensión de entrevistarlo sus ojos brillaron recordó los años fundacionales de Radio Cabaniguán y a los compañeros que junto a él comenzaron a forjar el camino de la Voz de historia y tradiciones.

“Soy fundador de Radio Cabaniguán, varios de los programas que aún existen fueron creados por mí, cuando converso con los compañeros de Cabaniguán, me siento en familia.

Con la radio me une un lazo, participé como corresponsal voluntario desde los años 80 y tanto, que existía aquí en Jobabo un amplio movimiento de corresponsales voluntarios, junto a Leonardo Saldívar, Roberto Domínguez, José Ramón Castro, Leonardo Murillo, teníamos un fortalecido grupo y nos encargábamos de cubrir todo lo que en temas periodísticos sucedía en el territorio.

Luego pasamos cursos como narrador y comentarista deportivo nos graduamos en el año 94, y comenzamos a ejercer a partir de que se inauguró la emisora de manera profesional como periodista y artista dentro del sistema de la radio”.

Usted mantiene una participación activa desde la Asociación Cubana de Personas con Discapacidad Físico-Motora ACLIFIM. Cuénteme sobre su labor en la asociación.

“Ingresé a la ACLIFIM hace alrededor de cinco años porque sufrí un accidente. Allí ocupé el cargo de vicepresidente para las relaciones públicas, luego pasé a atender la esfera de cultura y ahora funjo como miembro activo porque los problemas de salud me impiden seguir ocupando los cargos de responsabilidad. Estaré activo hasta donde las enfermedades lo permitan”.

Las ganas de contribuir a la cultura y su espíritu de artista le han propiciado a Avalo imponerse a las adversidades.   

“La enfermedad de Parkinson, me aqueja en la locomoción, comenzó hace un año y tanto, pero llevo 30 años como un paciente diabético e hipertenso, pero son cosas que no me detuvieron nunca para mi labor artística.

Sin embargo, ahora con la situación de esta enfermedad, sí presento problemas de locomoción, prácticamente ya no puedo escribir, pero siempre tengo en mente la positividad de lo que he hecho y lo que puedo hacer todavía, mientras hable y gesticule continuaré aportando a la cultura.

Tengo un hijo y un nieto que son mi inspiración. Ahora viene la jornada de la cultura cubana en diciembre y voy a seguir apoyando la cultura en lo que sea necesario, lo que no puede escribir lo dicto, pero los compañeros de cultura saben que pueden contar conmigo en cualquier momento y la emisora también”.

Sin dudas Alcibíades Avalo Villa continuará aportando a la cultura jobabense y lo podremos ver paseando por parque, recitando una décima o contando una historia.