Un día con dos heridas

Un día con dos heridas

El 7 de diciembre amanece en Cuba con una luz distinta, una claridad que parece filtrarse a través de un cristal empañado por dos siglos. No es un día cualquiera; es una fecha que lleva en su costado la dualidad de una herida antigua y otra más reciente, como dos ríos de sangre que, contra toda lógica geográfica, convergen en el mismo delta de la memoria nacional. El calendario, ese invento humano para domesticar el tiempo, se resquebraja aquí, permitiendo que 1896 y la década de 1980 dialoguen en un mismo suspiro.

 

Primero, se escucha el galope. Es el rumor sordo, traído por el viento del oeste, del caballo del Titán de Bronce en su carga final. Antonio Maceo cae en un pedazo de tierra habanera llamado Punta Brava, y su muerte, aquel diciembre colonial, no fue un punto final, sino una semilla de acero. El mito se alza en un hombre que llevaba en su cuerpo cicatrices de guerra. La noticia cruzó la isla como un lamento seco, un fogonazo de indignación que prometía no apagarse entre el mambisado.

 

Durante décadas, el 7 de diciembre fue sólo suyo, del General. Pero la historia, tejida en un telar caprichoso, decidió tejer otro hilo de color ocre, el color de la tierra africana. En el último tercio del siglo XX, miles de jóvenes cubanos cruzaron el océano, no como colonizadores, sino como soldados de una solidaridad férrea. Partían hacia la vastedad ardiente de Angola y Etiopía, a una guerra lejana cuyos ecos resonaban en las cartas que llegaban con olor a polvo y distancia.

 

El dolor, cuando llega, no es abstracto. Tiene dirección y nombre propio. En Jobabo, un pueblo donde el sol parece más lento y el verde de los campos es profundo, el mapa del mundo se redujo a diez ausencias. Diez rostros que se fueron un día con una estrella en la gorra y la convicción en el pecho, y que regresaron para siempre en una caja cubierta por una bandera. La tierra tunera, fértil para la caña, también lo fue para el heroísmo y la pérdida.

 

Hoy, en el cementerio del pueblo, frente al sencillo monumento que guarda sus nombres, se realiza el homenaje. Las ofrendas florales se acumulan. Los discursos evocan, en un mismo aliento, la entereza de Maceo y el valor de estos muchachos. Es un acto extraño y conmovedor, se habla del colonialismo español y del apartheid sudafricano como dos caras de un mismo monstruo al que Cuba, en distintos siglos, enfrentó. El tiempo se pliega. Los diez de Jobabo y el Titán parecen camaradas caídos en una misma lucha interminable por la soberanía.

 

Una mujer mayor, canosa, sujetada de sus familiares, se acerca, deposita sus lágrimas en el suelo pedregoso del camposanto. Habla de su hijo con orgullo y dolor, uno de los diez. “Se fue con la música de Sara González en la cabeza y volvió con el silencio de la gloria”. Su voz es un puente frágil entre el presente estático del recuerdo y aquel pasado vibrante de partidas. Mientras habla, una bandera ondea, y sus pliegues parecen acariciar tanto el mármol del monumento local como el retrato de su querido joven arrancado por la memoria de los ancestros.

 

¿Qué une a estos hombres separados por un océano de tiempo? Quizás la sombra alargada de un deber que trasciende la frontera propia. Para Maceo, era la isla completa por liberar. Para los internacionalistas, era la idea de que la Patria podía ser también donde un pueblo hermano luchaba por su dignidad. Dos conceptos de patria, uno geográfico y otro moral, encuentran en esta fecha su síntesis en el sacrificio supremo. La muerte, gran igualadora, los hermanó en el panteón cívico de la nación.

 

El aire lento de la mañana, cargado del aroma seco del sue tunero, lleva una respuesta flotante. Resuena en el orgullo de una familia, en el relato, en la mirada perdida de una madre. Para la historia, estos jóvenes son héroes de la “misión sagrada” en África. Para el corazón de Jobabo, son sus hijos, los que crecieron, los que se quedaron congelados en una sonrisa juvenil de fotografía en blanco y negro amparados en la historia y la recordación perenne.

 

En la quietud, solo quedará el susurro de la historia: el estertor de 1896 en un manglar habanero y el eco de una explosión en una sabana africana, fundidos en un único rumor. El 7 de diciembre, día de dos caídas, de dos geografías, de un solo luto, demuestra que la Patria no es solo el suelo que se pisa, sino también la idea por la que se es capaz de caer, y el recuerdo que se alza, tenaz, sobre el tiempo.

Yaidel M. Rodríguez Castro
Yaidel M. Rodríguez Castro
Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.

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Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.
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