¿Ganadería?

¿Ganadería?

En el corazón de Las Tunas, el municipio de Jobabo enfrenta una paradoja que amenaza su identidad productiva: durante años, las entidades estatales aplicaron una silenciosa pero efectiva estrategia de despojarse de su propio pie ganadero. Lo que debió ser el pilar de la producción lechera y cárnica se convirtió en un lastre administrativo del que hubo que huir, desmantelando servicios esenciales como la mejora y el engorde controlado, la inseminación artificial y los programas de mejoramiento genético. Las otrora prósperas vaquerías estatales hoy son cascarones de naves vacías, corrales oxidados y equipos de ordeño que solo sirven como recuerdo. Este vaciamiento intencionado —justificado en supuestas ineficiencias— no solo eliminó capacidades, sino que dejó a decenas de trabajadores sin oficio y a la agricultura local sin referencias técnicas. Las oportunidades de producción lechera se desplomaron, y los derivados lácteos que antes se comercializaban localmente desaparecieron de los mercados, agravando la inseguridad alimentaria en la zona.

ganado-pastosEl diagnóstico actual es alarmante: Jobabo pierde cada año el 10 % de su masa ganadera general, un ritmo de hemorragia que ningún ecosistema productivo puede soportar. Esta reducción sistemática ha deteriorado las capacidades de reproducción, ceba y leche hasta niveles críticos. Lo que antes eran hatos de cien cabezas hoy apenas reúnen ejemplares flacos y desnutridos. La sequía prolongada —cada vez más intensa por el cambio climático— se ha aliado con la falta de inversiones y el desinterés administrativo para crear un círculo vicioso: menos animales significan menos ingresos, menos ingresos implican menos alimento balanceado, y sin alimento los pocos animales que quedan no se recuperan ni se reproducen. La ganadería jobabense agoniza, pero aún hay quienes se niegan a firmar la defunción.

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YMRC

“Hemos cometido errores, y lo reconozco con toda crudeza”, asume Angel Expósito, director de la Empresa Agroindustrial del municipio, con la voz cansada pero firme. “La decisión de deshacernos del ganado en las unidades estatales fue una estrategia cortoplacista que no midió el daño colateral. Nos deshicimos del rebaño, pero también de la genética, de la cultura de inseminación, de los técnicos entrenados. Ahora estamos en una etapa de autocrítica constructiva”. Expósito detalla que ya trabajan en proyecciones de recuperación basadas en la revitalización de infraestructuras: reparación de bebederos, rehabilitación de cercas eléctricas y construcción de silos para conservar forraje en la época de seca. “No será de la noche a la mañana, pero tenemos comprometido un plan piloto de engorde en confinamiento para final de año”, adelanta.

Sector campesino, el equilibrio productivo que responde

Sin embargo, desde el sector cooperativo las voces matizan el optimismo. Carlos Peña, presidente de la CCS George Aliaga, pone los pies sobre la tierra polvorienta de Jobabo: “Aquí el problema no es solo de gestión, es de naturaleza. Estamos en una zona completamente seca, con lluvias escasísimas y pozos que se agotan en abril. ¿De qué nos sirve tener buenos sementales si los animales no tienen qué comer?”. Peña explica las complejidades diarias: el alto costo del pienso importado, la imposibilidad de sembrar pastos mejorados sin agua, y la dependencia de remesas o créditos para comprar suplementos. “Muchos socios han vendido sus vacas preñadas porque no podían mantenerlas. Eso no es ganadería, es supervivencia”, sentencia.

Pero no todo son malas noticias. En medio del desierto productivo, el ganadero Jorge Luis Almeida se erige como un contraejemplo viviente. Su vaquería, pequeña pero eficiente, produce leche estable durante todo el año, incluso en los meses más duros de sequía. Para Almeida, la clave está en el manejo: dividir los potreros, rotar el ganado cada 48 horas, suplementar con forrajes enraizados y nunca dejar de hacer inseminación artificial, aunque cueste. Muestra sus registros: vientres que paren cada 13 meses, terneros con peso adecuado y una producción diaria que supera en tres litros por vaca al promedio municipal. “No hay milagros, hay disciplina. Pero necesitamos que las entidades de genética vuelvan a funcionar. Sin semen de calidad, esto se acaba”, reclama.

tonyLa desesperación también ha abierto una puerta oscura: el delito. Antonio González, presidente de la CCS Antonio Fernández, denuncia con números el azote que más sangre les está drenando: el robo de ganado. En los últimos dos años han perdido más de 60 cabezas por abigeato. Se llevan una vaca preñada, un toro de cría, y la matan en el monte para vender la carne por debajo del precio oficial. González explica que los ladrones actúan con complicidad interna y con rutas de salida hacia otras provincias. “No tenemos ni un vehículo para patrullar los potreros por la noche. La Policía hace lo que puede, pero el municipio es grande y nosotros somos cooperativistas, no guardias”, lamenta.

Desde la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) en Jobabo, su presidenta Luzbel González Martínez asegura que no se han quedado de brazos cruzados. Han organizado escuelas de campo para el manejo del ganado en secano, gestionado créditos blandos para la compra de alimentos y buscan proyectos internacionales que apoyen la ganadería cooperativa. Luzbel adelanta que están en conversaciones con un programa de la FAO para instalar bancos de proteína (morera, tithonia) y microorganismos eficientes que mejoren la digestibilidad del pasto. “El campesino jobabense quiere producir, pero necesita herramientas. No podemos competir contra la sequía y la delincuencia solos”, afirma.

resespastoreoJobabo se enfrenta así a una encrucijada histórica: seguir desangrando su ganadería o apostar por un cambio de rumbo radical. Las palabras de Agen Expósito resuenan como un compromiso frágil pero necesario, mientras que la experiencia de Jorge Luis Almeida demuestra que, con manejo inteligente, es posible producir en condiciones adversas. Sin embargo, las advertencias de Carlos Peña sobre la sequía y las denuncias de Antonio González sobre los robos no pueden ser ignoradas. Luzbel González insiste en que el futuro está en la articulación entre el sector estatal revitalizado, las cooperativas fortalecidas y el campesino individual con acceso a servicios genéticos y financieros. Si Jobabo no detiene esa pérdida anual del 10 % de su masa ganadera, la pregunta del titular —¿Ganadería?— dejará de ser retórica para convertirse en epitafio. Por ahora, aún hay tiempo de escribir una historia diferente.

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