Cuando paga por un producto o servicio, no está recibiendo ningún favor de nadie. Usted entrega su dinero, el vendedor entrega lo que ofrece. La transacción termina ahí, en un intercambio de necesidades, del que necesita comprar y del que necesita vender, sea del sector que sea, estatal o privado.
Si usted, comprador, no necesitara comprar un producto de primera necesidad no acudiera al comercio, si usted, vendedor, no necesitara vender, con total seguridad no lo estuviera haciendo.
Se han generalizado demasiado estas frases “gracias a mí tienes el producto” o “hay que agradecerle a fulano o mengano que tiene tal producto”… y otras veces se escuchan otras frases mucho más burdas o absurdas que, psicológicamente, dejan ese efecto social a cualquier consumidor como si estuvieran yendo a un centro de beneficencia y no a una tienda.
Detengámonos un momento ¿Qué le está sucediendo a la sociedad? ¿Acaso esto no parece obvio? Sí, pero vivimos rodeados de una narrativa que nos hace sentir deudores eternos de cualquier cosa que haga alguien en función de la sociedad o la comunidad, y no es exclusivo de lo que se vende, también hay equivocados servidores públicos que creen que sus acciones son “favores”, pero, ya ese tema da para otro comentario.
Vayamos al tema del momento. El que le vende la libra de frijoles le salpica de verbo edulcorado como si le estuviera regalando el producto. La empresa que le cobra “solo” lo justo parece hacerle una concesión. Quien le pesa adecuadamente cuatro pepinos se regocija como si hacerlo bien fuera la excepción y no la regla.
Quien le vende barato en un momento determinado, es porque le conviene en ese momento como estrategia de mercado y para eliminar competencia, y lo hace sin perder ganancias. Si le vende caro, también le conviene maximizar ganancias. En ambos casos, la lógica es la misma, hacer negocio.
Esto no es exclusivo de privados, en la parte estatal hay tanta competencia por las alzas desmedidas que ya, a menos que sean productos subsidiados, no hay prácticamente ninguna diferencia entre un sector y otro. De hecho, para muchos entornos de negocios privados actuales, su escuela ha sido alguna empresa estatal.
Lo que ocurre es que hemos naturalizado una relación asimétrica, hemos normalizado lo anormal. El que vende aparece como quien “da” algo, y el que compra como quien “recibe” un beneficio. Pero en realidad, el beneficio es mutuo, usted satisface una necesidad, el que le vende obtiene una ganancia. Nadie le debe sonrisas a nadie, pero tampoco nadie debería sentirse en deuda.
Esto importa porque cuando usted cree que le están haciendo un favor, deja de exigir. Acepta precios sin cuestionar, tolera malos servicios, agradece lo que en realidad está pagando, se cree la errónea narrativa que está chivateando “honesto” vendedor cuando le cobra un libra de arroz y le pesa 12 o 13 onzas.
Un favor es lo que le hace un amigo cuando le presta dinero sin intereses. Un favor es quien le regala su tiempo para ayudarle a mudarse. Un favor no es lo que una empresa, un puesto callejero o un dulcero ambulante le vende.
Que el que vende es necesario socialmente, lógico… pero sin el que compra, su negocio no existiera.




