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Pueblo adentro: Crónicas de un Triunfo

Pueblo adentro: Crónicas de un Triunfo

La carretera central, entre el río Jobabo y el Crucero de Domínguez, aún guarda el eco lejano de los combates de diciembre de 1958. Era un pasillo de fuego donde la Columna 12 “Simón Bolívar”, al mando del Comandante Eduardo Sardiña Labrada (Lalo), había contenido una y otra vez los intentos de la tiranía de Batista por mover refuerzos de Camagüey a Oriente. Tras derribar el puente de Jobabito, llegó un respiro tenso, un preludio. Había una cuenta pendiente: el cuartel de Jobabo. Y esta vez, las lecciones del pasado y la furia contenida de un pueblo decidirían el final.

Un Plan Minucioso: La Noche del 29 de Diciembre

“No era un ataque más; era una operación de cerco y aniquilamiento”, recuerda, décadas después, un viejo combatiente cuya memoria aún traza mapas en el aire. Los testimonios coinciden: el Comandante Lalo diseñó un plan meticuloso. Varios pelotones convergerían desde distintos puntos –Tunas, Holguín– para estrangular cualquier posibilidad de escape o refuerzo. “Cada pelotón y escuadra debía ocupar el lugar indicado… y esperar a que los guardias dispararan mil tiros”, narra uno de los protagonistas anónimos de aquella noche.

Al anochecer del lunes 29, el silencio fue roto por movimientos sigilosos. El capitán Juan Olivera cortaba la carretera de Holguín; Ango Sotomayor vigilaba la loma de Pepe Bello; en el pueblo, los pelotones de Silvio García, Marcos Carmenates y Salvador Sosa se infiltraban como sombras. Mientras, en el centro telefónico, el propio Lalo, junto a hombres como Gregorio Ortiz y Adalberto “Bulito” Ruiz, tomaban el nervio de las comunicaciones enemigas.

La Batalla que Jobabo Abrazó

El amanecer del 30 estalló con fuego nutrido. “El tiroteo contra nuestra posición era recio”, confiesa un rebelde cuya misión era batir el central desde el juzgado. Pero el hecho que marca el relato de todos los testimonios no ocurrió en la línea de fuego, sino en el corazón de las calles polvorientas. “Otra vez el pueblo de Jobabo se lanzaba fuera de sus casas”, se lee con emoción en uno de los textos. Mujeres y niños, desafiando las balas, cruzaban para llevar agua, café, comida a “su ejército”. Era el Ejército Rebelde hecho carne en la solidaridad de un pueblo hastiado de la guardia rural.

La aviación bombardeó alrededor de las once, pero el cerco no cedía. Hasta que, cerca de las dos de la tarde, un silencio súbito e inquietante cayó sobre el cuartel. Los guardias, consumidas sus balas en una defensa feroz, habían huido. La vía de escape fue una ironía del destino: una alcantarilla cuya salida, aunque custodiada por dos rebeldes, fue usada para sorprenderlos y tomarlos como rehenes en la fuga.

La Zorra: La Trampa Final

La noticia corrió como pólvora. “Cogimos un camión y salimos rápidamente”, relata un combatiente. El destino era un paraje conocido como La Zorra, ya en territorio camagüeyano. Allí, emboscados, se unieron fuerzas de la Columna 12 y de la 13 “Ignacio Agramonte”, dirigida por el Comandante Víctor Mora, cuyos capitanes Pepe Botello y Pepe García cerraron la pinza.

“Por el color amarillo de sus uniformes, se tendía a confundirlos con vacunos pequeños”, describe vívidamente el testimonio. Caminaban encorvados, exhaustos. Unos cuantos disparos de advertencia bastaron. Se rindieron 33 guardias. Entre ellos, los mismos que horas antes habían jurado ahorcar a los rebeldes capturados, Norberto Cruz “Ráfaga” y Nery Cabrera.

La Justicia Llega al “Laboratorio de la Muerte”

El regreso a Jobabo fue una apoteosis. “Todo Jobabo se lanzó a la calle”, gritando “¡Al fin Jobabo es libre!”. Los prisioneros fueron encerrados en el mismo calabozo donde habían torturado y masacrado durante años. “Había que verlos, tan ‘humildes’”, se ironiza en el relato; ahora todos eran “buenos”, “revolucionarios”, amigos de la causa que hasta ayer oprimían.

Pero la furia popular fue contenida. “Para eso estaban los tribunales”, recuerda el texto con firmeza. La justicia revolucionaria, no el linchamiento, juzgaría a los esbirros de Batista, a los manferreristas y policías cuyos crímenes comenzaban a salir a la luz.

El Honor Mayor: Marchar Hacia La Habana

Al día siguiente, llegó para estos hombres el “más alto honor”: la orden de incorporarse a la Columna del Comandante en Jefe Fidel Castro para la Caravana de la Libertad hacia La Habana. Partían sabiendo, como advirtió Fidel, que quizás en lo adelante todo sería más difícil, pero con la certeza de haber cumplido una promesa: “Volveremos a sacarlos vivos o muertos”.

La toma de Jobabo no fue solo una acción militar. Fue la simbiosis perfecta entre un plan táctico impecable, la valentía de columnas rebeldes unidas (la 12 y la 13), y el levantamiento definitivo de un pueblo que dejó de ser espectador para ser dueño de su libertad. En aquel alba del 30 de diciembre de 1958, entre el humo de la pólvora y el café compartido, nació, para Jobabo, la Revolución.

Adaptación de textos del historiador e investigador Esteban Felipe Yero Rosales y de su libro ¨En el llano a toda costa¨

Yaidel M. Rodríguez Castro
Yaidel M. Rodríguez Castro
Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.

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