Cada 18 de febrero Cuba honra la memoria de una muchacha de 19 años que se convirtió en símbolo eterno de la sensibilidad. Es el Día del Instructor de Arte, una fecha que encuentra su razón de ser en el natalicio de Olga Alonso González, aquella joven habanera que nació este mismo día de 1945.
La génesis de este “peculiar ejército” se remonta a los albores de la Revolución. En un acto de profunda visión política y social, el 14 de abril de 1961 Fidel Castro inauguró la primera Escuela Nacional de Instructores de Arte. Aquella matrícula inicial de cuatro mil jóvenes tenía una encomienda tan titánica como hermosa: liberar al arte de su cáscara elitista y llevarlo, como una conquista más, hasta el último ciudadano.
Poco después, en Palabras a los intelectuales, el líder revolucionario sentenciaba la necesidad de “hacer todo lo que esté al alcance de nuestras manos para que el pueblo pueda comprender cada vez más y mejor”.
Entre esos primeros estudiantes estuvo Olga Alonso. Proveniente de una familia humilde de San Miguel del Padrón, dejó sus estudios de comercio para unirse a la Asociación de Jóvenes Rebeldes y convertirse en el primer expediente de la especialidad de teatro.
La creación de la Brigada José Martí en el fragor de la Batalla de Ideas, a inicios de este siglo, consolidó un movimiento que ya había demostrado su valía durante cuarenta años de trabajo ininterrumpido. Con una formación académica que hoy incluye la Licenciatura en Educación en todas las universidades pedagógicas del país, estos profesionales son mucho más que maestros de técnicas artísticas son, en la definición más acertada y recurrente, “médicos del alma”.
La labor del instructor de arte en la Cuba contemporánea trasciende las aulas y las casas de cultura. Son ellos los punteros en la transformación social de barrios vulnerables, los que sostienen el movimiento de artistas aficionados, los que llevan talleres de apreciación a centros penitenciarios o comunidades intrincadas, demostrando que la cultura es también una herramienta de cohesión e identidad.
En tiempos de crisis económica, de carencias materiales y de un bloqueo que intenta asfixiar al país, su trabajo se vuelve un acto de resistencia cotidiana.
El perfil de estos “guerrilleros de la cultura” es multifacético por ello la jornada por su día, es un momento para el balance, el reconocimiento y el dialogo sobre la necesidad de fortalecer la capacitación y consolidar las propuestas culturales con un apego profundo a las raíces, para que el trabajo del instructor siga siendo el principal eslabón de acercamiento cultural con el pueblo.
En este 18 de febrero, cuando se conmemora un aniversario más de aquella primera escuela y de la vida de Olga Alonso, la memoria se vuelve acción. Recordar a Olga es reconocer a cada uno de esos jóvenes —y no tan jóvenes— que, con una vocación a prueba de adversidades, toman una guitarra, un pincel o un libreto y se adentran en un barrio, una escuela o una montaña.
Son ellos los que garantizan como pedía Fidel, que el pueblo comprenda el arte cada vez más y mejor. Son la prueba viva de que, en el fragor de las batallas diarias, la cultura sigue siendo el escudo y la bandera de la nación.




