Lo que partió la siesta de aquel 24 de febrero fue el eco seco y decidido de unos cuantos revólveres y machetes desempolvados. Aquella mañana, la palabra escrita por José Martí dejaba de ser tinta en el papel para convertirse en pólvora en el aire. La “guerra necesaria” renacía no en un gran campo de batalla, sino en el coraje disperso de varios poblados de toda Cuba. Era el grito postergado, la continuación por otros medios de una lucha que, para muchos, nunca debió haber cesado en 1878.
En Baire, los hermanos Saturnino, Mariano y Gustavo Lora se alzaban contra el sueño imposible de la autonomía, mientras en otras zonas como Ibarra, Guantánamo o Jiguaní, pequeños grupos de insurrectos retomaban la senda del monte.
Era un alzamiento pactado que buscaba encender la mecha de una isla entera sin la estructura militar de la Guerra Grande, pero con una idea que proponía la urgencia de forjar una república «con todos y para el bien de todos» antes de que el vecino del norte encontrara la excusa perfecta para intervenir.
Si aquella contienda no se hubiera visto truncada apenas tres años después por la intervención estadounidense de 1898, el destino de Cuba habría sido diametralmente opuesto. La guerra de Martí no era un simple relevo generacional de la gesta del 68; era una advertencia profética. El Héroe Nacional sabía que la independencia no podía demorarse, pues una nación exhausta por treinta años de conflicto intermitente quedaría vulnerable, presa fácil para los intereses anexionistas que ya miraban con lujuria el valle del Cauto y los ingenios azucareros.
La historia truncada en 1898 dejó a Cuba en un limbo de libertad maniatada. Lo que pudo ser una república plena, forjada en el crisol del mambí, devino en una neocolonia tutelada por la Enmienda Platt, donde el derecho de intervención estadounidense no fue la independencia que Martí imaginó, soberana y justa, fue suplantada por una independencia vigilada, donde los dueños del azúcar y las tierras cambiaron el apellido español por el anglosajón, perpetuando una estructura de dominación que la guerra de independencia buscaba destruir desde su raíz.
El espíritu de aquella guerra justa, sin embargo, no se concentró solo en el oriente extremo. En las llanuras de Las Tunas, la semilla encontró tierra fértil. Meses después del alzamiento de febrero, la zona comprendida entre Jobabo y las estribaciones de la Sierra de Cristal se convirtió en un hervidero de patriotas. Fue allí, en ese perímetro de caminos polvorientos y sabanas interminables, donde comenzó a fraguarse la leyenda del Batallón Cabaniguán, una unidad que supo llevar la guerra con voraz machete en mano.
El nombre del batallón no era casual ni improvisado. Honraba la memoria de Francisco Vicente Aguilera, el patriarca bayamés que en la mañana del 17 de octubre de 1868, en su ingenio Cabaniguán —ubicado en esa misma geografía jobabense—, se levantó en armas al grito de «¡Independencia o muerte!». Aguilera, uno de los hombres más ricos de la región, lo sacrificó todo por la libertad, demostrando que la causa de Cuba estaba por encima de los intereses personales. Aquel gesto heroico de la Guerra de los Diez Años renacía ahora, bautizando a los hombres que hostigaban las columnas españolas en los mismos predios donde su hacienda había sido el primer altar de la libertad.




