Se cumplen 173 años desde su nacimiento en aquella casita de la habanera Calle Paula, pero la figura de José Martí no habita en el mausoleo de lo pretérito su presencia, es una corriente subterránea y fértil que alimenta el suelo político, moral e intelectual de Cuba. Su valor imperecedero reside en la activación constante de su ideario, un legado que dejó de ser personal para convertirse en el código genético de una nación en lucha.
La Revolución Cubana de 1959, liderada por Fidel Castro Ruz, encontró en el pensamiento martiano su andamiaje moral y su justificación ética, los ideales de Martí funcionaron como el puente conceptual entre el sueño independentista del siglo XIX y el proyecto revolucionario socialista del siglo XX.
“Con todos y para el bien de todos”: núcleo del proyecto martiano de república, fue reinterpretada por la vanguardia revolucionaria como un llamado a la inclusión social radical. La campaña de alfabetización (1961), el acceso universal a la salud y la educación gratuita, se presentaron como la materialización de ese “bien de todos” que la república neocolonial (1902-1958) había mutilado.
Martí no solo pensó en la patria por hacer, sino en los que la habitarían. En tal sentido “La Edad de Oro” (1889) es el proyecto fundacional de la conciencia patriótica en sus páginas, el Apóstol forjó el alma del nuevo cubano: curioso, justo, amante de la naturaleza, valiente, conocedor de la historia universal y, sobre todo, de la propia.
Hoy, este texto es pilar de la educación cubana. Desde la primaria, los niños se familiarizan con “Los Tres Héroes” (Bolívar, Hidalgo, San Martín), aprenden el poema “Los Zapaticos de Rosa”. La enseñanza martiana es activa: concursos de dibujo, recitales de sus versos y la pertenencia a la Organización de Pioneros “José Martí”, donde se inculca el servicio, el estudio y el amor a la patria.
De este modo el más universal de los cubanos es el “maestro” primordial, el primer eslabón en la formación del “hombre nuevo” que la revolución aspira a crear. Por ello miles de estudiantes universitarios se agrupan en Cátedras Martianas o en el Movimiento Juvenil Martiano donde su obra se estudia como un manual de acción.
El valor imperecedero de José Martí en la Cuba revolucionaria es el de una brújula moral en constante movimiento. Su obra es un arsenal de ideas que se movilizan para explicar el pasado, justificar el presente y proyectar el futuro. Ha sido el elemento aglutinador que da continuidad histórica a la lucha nacional y el dique ético contra el cual se miden las acciones del poder y del ciudadano.
Los jóvenes que hoy estudian su obra con devoción y espíritu crítico son la prueba más fehaciente de esa permanencia. En ellos, Martí deja de ser el Apóstol, el héroe inalcanzable para convertirse nuevamente en el compañero de viaje, en el maestro que, desde las páginas de un libro gastado o los versos de un poema memorizado, sigue insistiendo en que la verdadera independencia es una tarea inacabada, un deber que urge cumplir, generación tras generación. Su vida y obra son, en esencia, la crónica inconclusa de la patria que soñó.




